De más joven, frecuentaba el mar, sus escenarios llenos de vida y calor, de humedad resbalosa dialogando con el tiempo largo a través de la piel.
Recuerdo momentos en los que solía apartarme de los demás y trataba de acariciarme despacio, sin prisa. Pasaba varios minutos con algunos rayos de sol cayendo como sabanas tibias sobre mi cuerpo desnudo, recostado en la frescura de una sombra, enterrando los pies en la arena, escuchando del mar su canto interminable, resbalando mis manos por los terrenos más recónditos, tiernos y vírgenes de mi carne.
Cuando regresaba al mundo, retornaba con el cansancio propio de los viajes prolongados. Los demás me preguntaban que dónde había estado, a lo que respondía de la manera más hábil con ocurrencias y mentiras tersas. La verdad era sólo para mí y mi cuerpo, y para esas gaviotas que flotaban suspendidas en el firmamento formando parte de esa alucinación en la que me ahogaba tan cómodamente. Por gusto, un gusto propio del ser.
Usualmente, cualquier cosa que veía me remitía la inocencia que urge de temblores en la superficie. Solía hacerlo todas las tardes, cuando la luz del sol estuviera a punto de fenecer ante el manto nocturno.
¡Horas preciosas de incalculables dimensiones! (…) Vida que se quedó en el inventario del tiempo…
Luego, a los 12 años de edad descubrí que aquello se llamaba erotismo…
Deseaba ser otro, ser en una plenitud omnisciente, omnipresente. Formar parte de la nada, del vacío contenido.
Emmanuelle llegó a mis manos una tarde de esas que se viven en el mar, en las costas tibias de arrullos incesantes de oleajes y palmeras que danzan en el hipnotismo de los sentidos.
Esperé varios días para poder ver la cinta a solas. Doce años aún no eran los suficientes para poder exhibirme, para poder gritar que yo me sentía parte del mundo y sus criaturas, ser, ser. ¡ser! Al introducir la cinta, comenzó un proceso de cambio del que no era consciente. La escena estaba ahí, destinada a definirme, a decirme quien era yo y uno de mis propósitos en el mundo. Cómo deseaba no tener sexo, carecer de éste y que en su lugar hubiera solo ser, ser, ¡ser!
"Espíritu y naturaleza", como en el libro de Bateson. Yo aún con los ojos de niño mirando a un monitor que desplegaba imágenes que me resultaban inauditas. El corazón palpitaba, mis manos temblaban. Sólo existía en el fondo de mis retinas esa tarde tan parecida a las mías, esa tarde en la que se filmó una de las escenas más hermosas en la historia del cine: retrato perfecto de una humanidad femenina a corazón abierto.
Nunca he sabido ver por la superficie.
Me resisto a ver en los lagos, ríos, manantiales; mi rostro clonado por las moléculas metamórficas del agua. Me gusta sumergirme en ella, que me envuelva. Quizá por eso nunca he podido ver en esa parte de Emmanuelle, lo que aparece como primera intención. Lo sexual es desplazado por lo espiritual, por lo intangible una vez más. Se ven fantasmas: ¡quiero ver fantasmas: ser, ser, ser, ser!
Si de pequeño hubiera sabido razonar tales argumentos, mi disfrute hubiera sido tan insoportable, que mi cuerpo seguramente hubiera renunciado a la existencia física para fundirme con las partículas del espacio-tiempo, (…Nietzsche binario, diluido en el ardor adolescente…) perderme en ondas que cruzaran volúmenes, formas, y así, ¡¡hacerlas mías!!
“Sylvia Kristel observando a Christine Boisson”, acurrucarse en su ternura. Una experiencia no terrenal, algo que debió haber contemplado un astrónomo-poeta, una escena que debió concebirse en la matiz misma del génesis y la filosofía del soma.
Abolición de Adán.
Perpetuidad en instantes anaranjados, de ropa que apenas cubre la desnudez, maldición que paradójicamente nos condujo al inicio de la seducción.
La mirada sorprendida de Sylvia Kristel que se convierte en un nosotros, en testigo de cómo la ternura puede desmembrarse delicadamente en una explosión cataclísmica contenida en los pequeños ojos de Christine Boisson. Ésta le sonríe a Emmanuelle con el rostro envuelto en el éter, tibio y humano.
Y yo canto: “mis pies en la arena, mis manos en mi pecho haciendo círculos al rededor de mis pezones, mis labios besados entre ellos mismos, hinchados por mis dientes que les muerden con gentil frenesí…”
Un ser humano que le sonríe a otro es la simulación más parecida al acto de la creación.
Sylvia presencia lo innarrable, lo que carece de un lenguaje articulado con los sentidos que conocemos. Boisson nos platica con un dialecto desconocido, con una lengua que aunque ajena al Edén, comprendemos sin razonarla, sólo la aceptamos como manifestación suprema de lo que es, es, es, ¡es!
La música, el sonido del ambiente, la respiración, los labios entreabiertos y esas fosas nasales que se abren como los tímidos rosales en flor. Juntos constituyen el acto de Boisson, aquello que me embeleza, lo que me hace sentir ella “-Je veux être là, je veux être cette femme, être, être, être!!!!”- me lo repito sin cesar en mi mente, en esa que carece de sexo y que es lo que yo no puedo ser.
Si en un futuro lograran que uno pudiera vivir en una película, me quedaría atrapado eternamente en esa escena, no por las mujeres, no por ser hombre (vergüenza suprema), no por ser humano... Tan sólo por ser espíritu condenado a este vivir por siempre, ¡atrapado en la materia!
-"pies que se retuercen en la arena"-