«The name Hurricane, is the name given to nature's
strongest storm».
Somebody
«WE ATE THE FOOD, WE DRANK THE WINE,
EVERYBODY HAVING A
GOOD TIME, EXCEPT YOU,
YOU WERE TALKING ABOUT THE END OF THE WORLD».
Bono, Until the end of the World, Achtung Baby, 1991
I. EL CANTO PRIMERO
Eres hoy mi ilusión,
eres tus
ojos de zafiro que me miran...
eres el pelo rizado,
esa tormenta enredada que me
canta melodías cuando lo toco...
Son tus labios la puerta a
vivencias indescriptibles de caricias al alma:
que cimbran mi espíritu,
que
lo hielan,
que lo sangran,
que lo retuercen hasta
que mi
carne es solo un leve murmullo,
(...) un secreto de que te adoro
y
de que tengo una insaciable sed de ti.
II. CANTO SEGUNDO:
III. CANTO TERCERO:
Hice algunos dibujos sobre este sueño que no sobrevivieron al día de hoy, pero en uno de ellos, recuerdo claramente que estaba Yo: dentro del gran huracán del gigante, sonriente, seguro de mi pacto con mi creador.
THE GREAT RED STAIN
Desde hace más de 400 años, se ha
contemplado una gran tormenta sobre la superficie de Júpiter. Según los
astrónomos, en esta tempestad cabría más de dos veces nuestro planeta y, dentro
de ella, soplan vientos con una fuerza que casi escapa a nuestra imaginación
mortal. Lo que se ha investigado sobre este enorme ciclón, arroja resultados
contradictorios.
Algunos dicen que siempre ha estado ahí,
desde que este gigante con nombre de dios latino emergió, como nuestro mundo,
de un cataclismo cósmico inefable. Otros, plantean hipótesis en las que señalan
que esa inmensa tormenta es un “evento fijo” propio de alguna anomalía
atmosférica que le provoca y que le mantendrá ahí por el resto de lo que quede
de vida a nuestra estrella.
Lo cierto es, que desde que el hombre
observó por vez primera a Júpiter, esa tormenta ya estaba ahí, aguardando
silente en la serena distancia, conmocionando partículas de gas a cientos de
kilómetros por hora.
III. CANTO TERCERO:
Huracán: de cómo las tormentas se asemejan a nuestro amor, y de cómo la serenidad posterior es Plenitud
Yo he estado aquí, de pie, de frente a un
horizonte que se presenta ante mis ojos como un amanecer visto desde el filo de
tu espalda. Siempre he estado aquí, en silencio, con mi alma revuelta y en
permanente violencia, donde existen vientos que soplan en todas direcciones y
hacen de mi ser un gigante que al parecer amenazador, es, en su totalidad real, una
poesía dulce.
Pertenezco a la grandeza de los dioses,
llevo en mis venas el espíritu rebelde e inasible de las pasiones, pero cuento
con un cuerpo que transforma esas tormentas en un amor desmedido y permanente,
omnisciente y omnipotente: por ti, me transformo en El Eterno.
Es mi corazón una gran mácula roja, que abrigaría más de una vez tu mundo y que lo envolvería tiernamente, con la
delicadeza del ave herida, hasta procurarle el anclaje que le hará tierra
fértil, un bosque, con lluvia.., como te gustan.
Este fuego que por dentro llevo, no es la
brasa que se apaga con la asfixia, no es chispa que de pronto se extingue, sino que este fuego es un gobernador de la muerte, rector de negros vientos que por toda la eternidad arderá soberbio, de pie, de frente a este horizonte que eres tú, aunque el mundo, permanezca por siempre sumido en sus gritos.
IV. CANTO CUARTO: tesis sobre algunos recuerdos de la vida primera, la plenitud y la inocencia
De niño, cierta noche, hojeando una enciclopedia
de la biblioteca de mi padre, vi una foto del planeta Júpiter. Mis ojos de niño
no daban crédito a que algo tan grande pudiera existir. A veces soñaba que estaba
yo de pie en el epicentro de esa rojiza tormenta, pero no me daba miedo, porque
sabía que “algo” dentro de mi -esto que me mueve y que me hace pensar y
sentir-, era aún más fuerte que la atmósfera del quinto planeta.
Hice algunos dibujos sobre este sueño que no sobrevivieron al día de hoy, pero en uno de ellos, recuerdo claramente que estaba Yo: dentro del gran huracán del gigante, sonriente, seguro de mi pacto con mi creador.
«Para captar toda la belleza de una obra, no bastan ni la ciencia ni la buena disposición, es preciso el azar más raro y afortunado para que retire el velo de nubes de su cumbre y ésta aparezca bañada por el sol».
F. Nietzsche, La Gaya ciencia., (339): La vida es una mujer.
