Desde la mentira que es mi cuerpo, viajo distancias
inconmensurables hasta llegar a ti. El medio, el vehículo, es esa prolongación
carnal que se llena de sangre, que se hincha dentro la fantástica burbuja de
tus sueños, espuma que llega hasta las orillas de mis costas, todas ellas,
incendiándose.
En el frío infinito del espacio duermo: me entrego a tus
brazos de nieve y ya sin ojos, me tomas de frente, me regalas el sacrificio de
tu visión y me coges en el desenfreno de las pléyades… gozando de una venida a las puertas de Orión.
Rojos púrpura, alginatos aglutinados en la garganta que
impiden el libre tránsito del aire que jadeante, sale de mis entrañas al entrar
en ti, paradoja que nos hunde en la duda que cuestiona a los adentros, a los
afueras:
«Una vez que las mangas estuvieron dentro del traje, metí mi
brazo completo para jalar el otro extremo de éstas, luego, vi cómo la tela obedecía
el capricho de mi fuerza y se hacía hacia adentro, revolcándose en sus propios
adentros, como intestinos que se desfundan de adentro hacia fuera»
La amante ideal para mis apetitos es como tú, lúcida,
atrevida, constante, asertiva, balbuceante, poseída, lengua, ojos grandes,
admiración, menta, aglutinante, aceite, semen, ano, compuerta, fisura,
rajadura, otoño.
«(…) apenas me sostengo sobre mis piernas, me tiemblan. En
el callejón oscuro nadie podía ayudarme, soy esclava de la soledad, obstinada
adicta a las luces de noche, a las banquetas mojadas, a los abominables
transeúntes (…) abrí mi culo para ti, lo empapé de gloria para que lo tomaras
con tus manos toscas, peludas, brazos grasientos que cubiertos de noche me
trituraban completa, soy tuya (…) muero, me desmayo... todo tu brazo dentro, con el puño golpeaste mi alma, le quitaste la envoltura de piel, de mi blancura hiciste un trapo sucio... y roto»