
"Siento que ahora no he podido encontrarme… pues nunca me he perdido"
Durante unos minutos me quedé absorto, mirando fijamente hacia la imagen borrosa de la pared a lado de la cama. En mi pensamiento escuchaba, en desorden, las voces de amigos antiguos, de mis padres, de mis hermanos. Todas me hablaban de distintas cosas, eventos del pasado, épocas de cuando era un niño viviendo en la casa que me mantuvo seguro y adorado por varios años.
Recuerdo las florecillas que nacían a lado de los juegos infantiles, coqueteos que solía arrancar de la tierra para regalarlas a la primera niña que pasara a jugar, ya sea en los columpios, en la rueda o en el sube y baja. Solía ser un niño muy tímido, aunque nunca faltaba oportunidad de mostrar mi aprecio por el sexo opuesto; de alguna forma, era gratitud.
Luego de arriesgar mi raciocinio en la penumbra de los recuerdos, tomé del buró el último tabaco, sobreviviente callado, que asesina a diario los pulmones de mi latir constante en la vida. Lo sostuve brevemente entre mis dedos, luego lo puse en mi boca, con los labios entumecidos de tanto besar, de tanto lamer, morder… jadear. Luego encendí la flama, el fósforo produjo el sonido que de nuevo me sumergió en el diván de la memoria y entonces re-apareció ese día, súbitamente como el humo del cigarrillo, callado y dibujando como brujo formas indecentes de nostalgia acumulada.
Entonces recordé uno de los momentos eróticos, más queridos e intensos de mi vida, es aquel en el que toqué por vez primera la Venus frágil y delicada de un sexo femenino. Aquella perla de carne que pertenecía a Andrea, mi compañera de butaca en tercer año de primaria.
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Fue en una tarde cuando el sol dejaba ver su anaranjada luminosidad, a través de las ventanas amplias del salón. Era plena clase y lo único que le pedí a ella, era que me dejara acariciar lo que se escondía entre sus piernas, bajo la tela blanca y suave que hacía de custodio, o quizá de centinela que con los modos adecuados, suspende su vigilia y te abre paso. La inocente me dejó hacerlo, a cambio de que yo le permitiera hacer lo mismo conmigo.
Como era de esperarse acepté, y creo que nunca he estado tan seguro de asentir respecto a algo tan vivo, como esa ocasión en la que por vez primera te percatas, de que eres un ser sensible a la vida, y completamente dedicado al gozo de los demás; todo, por contemplar un rostro en éxtasis callado, mudo y contenido al exterior, temporal interno en el que Andrea y yo hervimos en nuestra tierna infancia.
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Recuerdos como ese, se asomaban en un breve atisbo en mi memoria. Después de la orgía, después de haber probado tantos cuerpos, por fin encontraba el momento apropiado para hacer ejercicio de mis memorias, de retomar lentamente y con cuidado, recorriendo cada milímetro del drama neuronal de la memoria, con el mismo cuidado con el que el pianista recorre el teclado, antes de su esperada presentación.
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Cuando terminó la clase, corrí al baño de hombres. Me dirigí a los sanitarios con premura y tratando de mantener mi mano izquierda, -la afortunada-, protegida por mi mano derecha. En el trayecto, una de las maestras me observó nervioso y me detuvo, “¿qué llevas ahí tan cuidadito eh?”- a lo que respondí con toda firmeza: “llevo una catarina al jardín, para que no la pise nadie”.
Por supuesto que esa maestra ignoraba que en mi mano lo que realmente guardaba tan esmeradamente, no era el bichito aquel de alas rojas salpicadas de lunares; era el aroma íntimo de Andrea, la esencia etérea de su cuerpo expuesto.
Llegando al baño miré a cuartos por la ventana, para que nadie me viera en plena ejecución de mi rito pagano, de ese ceremonial infantil de lo nuevo, culto hacia la experiencia que en ese momento es solo nuestra y de nadie más.
Llevé mi mano a mi nariz. El pulso no me temblaba, pero el sol de arriba escurría su luz a través de las ventilas, impactando su luminosidad directo a mis ojos, alumbrando de manera tenebrista mi rostro, como en la pintura holandesa que descubre el momento, el instante íntimo, justo y maravilloso del olfato, de ese respiro que lleva consigo el perfume de un ser misterioso, mujer, divinidad adorada en los templos de mi niñez.
Con toda mi energía pero con prudencia, percibí cada partícula del aroma sutil de su flor en plena primavera de la vida, quedé abstraído por varios minutos, hasta que algún otro niño entró a los baños y destrozó de tajo mi idilio.
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Sonreí sobre la cama contemplando el humo del cigarro que se alejaba hasta el techo. Miré a mi alrededor y me encontré con la compañía de otros cuerpos, envueltos aún por la pesada colcha del sueño. Busqué entre todos esos fragmentos de vidas a Raquel, o a Natalia; pero lo único que veía eran pieles como en un almacén clandestino, una sobre otra, exhaustas como donas desparramadas en la caja del engolosinado tesoro, combinando sus sabores de encanto, batidillo romántico de empalagos.
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Al salir del baño me dirigí al patio frontal del colegio y con ojos atentos miraba en busca de Andrea. La niña estaba con sus amigas, riendo y comiendo su refrigerio como cualquier otro día de recreo. Al verla me acerqué y la tomé de la mano, con mi mano derecha; y la llevé a las jardineras, donde crecían unas florecillas amarillas y radiantes. Le obsequié una, como símbolo de mi aprecio y gratitud por haber dejado que me aproximara lo más cerca posible de su interior.
Ella no dijo palabra alguna y me soltó para correr y juguetear de nuevo con sus amigas.
Me quedé sentado, mirando los últimos instantes de luz solar, despidiendo el día. Luego regresamos todos al salón y tomamos nuestros lugares. Andrea se sentó a mi lado y me miró de reojo, como queriendo decir con esa expresión de huidiza, que estaba nerviosa, que se sentía inquieta y entonces me embargó el mas intenso de los terrores.
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Estaba seguro que la noche anterior había una botella sobreviviente de whisky, recorrí escrupulosamente la habitación con mi mirada fatigada y la encontré asomada, como naufrago de la tormenta, entre los brazos de Laura. Con cautela me incorporé y emprendí la misión casi imposible de andar entre los cuerpos tirados, con temor a extraerlos de ese sueño profundo que les poseía. Se escuchaban sus respiraciones, pesadas y pasivas, los ruidos propios del descanso humano, la animalidad tendida a merced.
Después de unos segundos, aspiré una bocanada de humo de tabaco y estiré mi brazo para alcanzar la botella. Luego de un intento fallido, la sujeté firmemente y regresé casi de una salto a la cama.
Me recosté y encontré mi vaso entre las sábanas. Me serví un par de tragos que bebí lento, como caracol por la mañana, aún húmedo por la llovizna de la noche anterior.
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Salí del colegio y mi madre me escoltó a casa. Durante todo el trayecto estuve mudo. Al cabo de dos horas, llegó el momento de la merienda y cada quien tomó su lugar de costumbre. Mi madre me dio la orden de lavarme las manos y me levanté de la mesa para ir al lavabo, solo me lave la mano derecha.
Lo demás quedó erosionado por el tiempo. Lo único que quedó perpetuo en mi memoria es el evento sucedido en la escuela, con Andrea. Monumento enorme de la memoria.
Durante unos minutos me quedé absorto, mirando fijamente hacia la imagen borrosa de la pared a lado de la cama. En mi pensamiento escuchaba, en desorden, las voces de amigos antiguos, de mis padres, de mis hermanos. Todas me hablaban de distintas cosas, eventos del pasado, épocas de cuando era un niño viviendo en la casa que me mantuvo seguro y adorado por varios años.
Recuerdo las florecillas que nacían a lado de los juegos infantiles, coqueteos que solía arrancar de la tierra para regalarlas a la primera niña que pasara a jugar, ya sea en los columpios, en la rueda o en el sube y baja. Solía ser un niño muy tímido, aunque nunca faltaba oportunidad de mostrar mi aprecio por el sexo opuesto; de alguna forma, era gratitud.
Luego de arriesgar mi raciocinio en la penumbra de los recuerdos, tomé del buró el último tabaco, sobreviviente callado, que asesina a diario los pulmones de mi latir constante en la vida. Lo sostuve brevemente entre mis dedos, luego lo puse en mi boca, con los labios entumecidos de tanto besar, de tanto lamer, morder… jadear. Luego encendí la flama, el fósforo produjo el sonido que de nuevo me sumergió en el diván de la memoria y entonces re-apareció ese día, súbitamente como el humo del cigarrillo, callado y dibujando como brujo formas indecentes de nostalgia acumulada.
Entonces recordé uno de los momentos eróticos, más queridos e intensos de mi vida, es aquel en el que toqué por vez primera la Venus frágil y delicada de un sexo femenino. Aquella perla de carne que pertenecía a Andrea, mi compañera de butaca en tercer año de primaria.
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Fue en una tarde cuando el sol dejaba ver su anaranjada luminosidad, a través de las ventanas amplias del salón. Era plena clase y lo único que le pedí a ella, era que me dejara acariciar lo que se escondía entre sus piernas, bajo la tela blanca y suave que hacía de custodio, o quizá de centinela que con los modos adecuados, suspende su vigilia y te abre paso. La inocente me dejó hacerlo, a cambio de que yo le permitiera hacer lo mismo conmigo.
Como era de esperarse acepté, y creo que nunca he estado tan seguro de asentir respecto a algo tan vivo, como esa ocasión en la que por vez primera te percatas, de que eres un ser sensible a la vida, y completamente dedicado al gozo de los demás; todo, por contemplar un rostro en éxtasis callado, mudo y contenido al exterior, temporal interno en el que Andrea y yo hervimos en nuestra tierna infancia.
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Recuerdos como ese, se asomaban en un breve atisbo en mi memoria. Después de la orgía, después de haber probado tantos cuerpos, por fin encontraba el momento apropiado para hacer ejercicio de mis memorias, de retomar lentamente y con cuidado, recorriendo cada milímetro del drama neuronal de la memoria, con el mismo cuidado con el que el pianista recorre el teclado, antes de su esperada presentación.
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Cuando terminó la clase, corrí al baño de hombres. Me dirigí a los sanitarios con premura y tratando de mantener mi mano izquierda, -la afortunada-, protegida por mi mano derecha. En el trayecto, una de las maestras me observó nervioso y me detuvo, “¿qué llevas ahí tan cuidadito eh?”- a lo que respondí con toda firmeza: “llevo una catarina al jardín, para que no la pise nadie”.
Por supuesto que esa maestra ignoraba que en mi mano lo que realmente guardaba tan esmeradamente, no era el bichito aquel de alas rojas salpicadas de lunares; era el aroma íntimo de Andrea, la esencia etérea de su cuerpo expuesto.
Llegando al baño miré a cuartos por la ventana, para que nadie me viera en plena ejecución de mi rito pagano, de ese ceremonial infantil de lo nuevo, culto hacia la experiencia que en ese momento es solo nuestra y de nadie más.
Llevé mi mano a mi nariz. El pulso no me temblaba, pero el sol de arriba escurría su luz a través de las ventilas, impactando su luminosidad directo a mis ojos, alumbrando de manera tenebrista mi rostro, como en la pintura holandesa que descubre el momento, el instante íntimo, justo y maravilloso del olfato, de ese respiro que lleva consigo el perfume de un ser misterioso, mujer, divinidad adorada en los templos de mi niñez.
Con toda mi energía pero con prudencia, percibí cada partícula del aroma sutil de su flor en plena primavera de la vida, quedé abstraído por varios minutos, hasta que algún otro niño entró a los baños y destrozó de tajo mi idilio.
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Sonreí sobre la cama contemplando el humo del cigarro que se alejaba hasta el techo. Miré a mi alrededor y me encontré con la compañía de otros cuerpos, envueltos aún por la pesada colcha del sueño. Busqué entre todos esos fragmentos de vidas a Raquel, o a Natalia; pero lo único que veía eran pieles como en un almacén clandestino, una sobre otra, exhaustas como donas desparramadas en la caja del engolosinado tesoro, combinando sus sabores de encanto, batidillo romántico de empalagos.
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Al salir del baño me dirigí al patio frontal del colegio y con ojos atentos miraba en busca de Andrea. La niña estaba con sus amigas, riendo y comiendo su refrigerio como cualquier otro día de recreo. Al verla me acerqué y la tomé de la mano, con mi mano derecha; y la llevé a las jardineras, donde crecían unas florecillas amarillas y radiantes. Le obsequié una, como símbolo de mi aprecio y gratitud por haber dejado que me aproximara lo más cerca posible de su interior.
Ella no dijo palabra alguna y me soltó para correr y juguetear de nuevo con sus amigas.
Me quedé sentado, mirando los últimos instantes de luz solar, despidiendo el día. Luego regresamos todos al salón y tomamos nuestros lugares. Andrea se sentó a mi lado y me miró de reojo, como queriendo decir con esa expresión de huidiza, que estaba nerviosa, que se sentía inquieta y entonces me embargó el mas intenso de los terrores.
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Estaba seguro que la noche anterior había una botella sobreviviente de whisky, recorrí escrupulosamente la habitación con mi mirada fatigada y la encontré asomada, como naufrago de la tormenta, entre los brazos de Laura. Con cautela me incorporé y emprendí la misión casi imposible de andar entre los cuerpos tirados, con temor a extraerlos de ese sueño profundo que les poseía. Se escuchaban sus respiraciones, pesadas y pasivas, los ruidos propios del descanso humano, la animalidad tendida a merced.
Después de unos segundos, aspiré una bocanada de humo de tabaco y estiré mi brazo para alcanzar la botella. Luego de un intento fallido, la sujeté firmemente y regresé casi de una salto a la cama.
Me recosté y encontré mi vaso entre las sábanas. Me serví un par de tragos que bebí lento, como caracol por la mañana, aún húmedo por la llovizna de la noche anterior.
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Salí del colegio y mi madre me escoltó a casa. Durante todo el trayecto estuve mudo. Al cabo de dos horas, llegó el momento de la merienda y cada quien tomó su lugar de costumbre. Mi madre me dio la orden de lavarme las manos y me levanté de la mesa para ir al lavabo, solo me lave la mano derecha.
Lo demás quedó erosionado por el tiempo. Lo único que quedó perpetuo en mi memoria es el evento sucedido en la escuela, con Andrea. Monumento enorme de la memoria.
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El vaso quedó seco, como un desierto donde el líquido se convierte en mito. Traté de no hacer más ruído, pero a pesar de todos mis esfuerzos la desperté, súbitamente. Ella recobró la conciencia y me miró gentilmente, con sus ojos vidriosos que relucían como diamantes cansados. Le dije suavemente que aún era temprano, y que siguiera dormida un poco más, pero al parecer, me escucho como si estuviera mi voz a años luz de su órbita.
Me quedé callado y terminé mi cigarrillo. Devolví el vaso al buró y le coloqué junto a la botella verde, de esmeralda vulgar, alucinada por su contenido etílico. Me quedé dormido nuevamente, teniendo flashbacks de la orgía, de esa noche de sexo desmedido en el que probé todo y de todo. Cogí y me cogieron, todas, cada una de ellas.
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Me despertó un susto comprimido en silencio. Me incorporé sobre la cama y ya no había nadie, solo una nota sobre la almohada de junto:
“aun no he lavado mi mano... la mano que te tocó por vez primera, como ventisca sobre el trigo, como aleteo de mariposa sobre el aire, besos... Andrea.”
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Este cuento breve, se encuentra publicado aquí en su versión de borrador y es uno de tantos que pienso incluir en un acoplado. El texto claramente tiene fallas de origen y algunos detalles deben ser revisados cuidadosamente. Lo publico porque creo que en él, se encierran varios conceptos valiosos sobre la sexualidad masculina que también he conducido al terreno de la pintura y el dibujo de mi autoría.
Las diferencias de un momento anterior –la infancia- y luego su ejercicio adulto –de la sexualidad- difieren en el mismo campo de batalla, que es el personaje central.
El erotismo marca mi vida y lo comparto de nuevo con ustedes. Andrea, no es un personaje ficticio, y con toda seguridad en este momento, esta sonriendo.
Orgía es también un proyecto a manera de comic, que aparecerá bajo la colección de Gentle things from the Abyss.
El dibujo que esta al inicio de este post, es de El diario Enfermo, página 10
Me quedé callado y terminé mi cigarrillo. Devolví el vaso al buró y le coloqué junto a la botella verde, de esmeralda vulgar, alucinada por su contenido etílico. Me quedé dormido nuevamente, teniendo flashbacks de la orgía, de esa noche de sexo desmedido en el que probé todo y de todo. Cogí y me cogieron, todas, cada una de ellas.
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Me despertó un susto comprimido en silencio. Me incorporé sobre la cama y ya no había nadie, solo una nota sobre la almohada de junto:
“aun no he lavado mi mano... la mano que te tocó por vez primera, como ventisca sobre el trigo, como aleteo de mariposa sobre el aire, besos... Andrea.”
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Este cuento breve, se encuentra publicado aquí en su versión de borrador y es uno de tantos que pienso incluir en un acoplado. El texto claramente tiene fallas de origen y algunos detalles deben ser revisados cuidadosamente. Lo publico porque creo que en él, se encierran varios conceptos valiosos sobre la sexualidad masculina que también he conducido al terreno de la pintura y el dibujo de mi autoría.
Las diferencias de un momento anterior –la infancia- y luego su ejercicio adulto –de la sexualidad- difieren en el mismo campo de batalla, que es el personaje central.
El erotismo marca mi vida y lo comparto de nuevo con ustedes. Andrea, no es un personaje ficticio, y con toda seguridad en este momento, esta sonriendo.
Orgía es también un proyecto a manera de comic, que aparecerá bajo la colección de Gentle things from the Abyss.
El dibujo que esta al inicio de este post, es de El diario Enfermo, página 10