
Comenzaré por hablarle a tu vientre, ese vientre en el que se depositan mis ideas y pensamientos sonrojados. Vuelo sobre tu ombligo como mirlo que piensa en aventarse a su vacío, hundirse en él para ahogarse en su aire, en su espacio estrecho que me aprieta en la idea de tenerlo, para mí, ¡todo!
Si con la redondez de tu vientre puedo trazar huellas en las arenas de mis pérfidas galaxias, quisiera entonces tenerlo ya entre mis labios y a mordiscos llevarlo poco a poco a los terribles claustros de mi enmarañada memoria. Volverlo universo.
Es en tu vientre donde me pierdo, donde trazo círculos de invocación demoníaca, esquizoide en los parajes alucinógenos de tu estado mental lejano, perdido en los paradigmas de la conciencia. En tu vientre veo el epicentro de mi torrente interior, las venas, los flujos de sangre que se precipitan y hacen tumultos hermosos en mi sexo. Éste, lleno de venas hinchadas que orgullosas se revelan para mostrarte su adoración, adoración por tus colinas de piel, abultadas en toda la superficie de tu cuerpo.
Tu blancura es arena, tu vientre duna que se levanta, que se clava en mis ojos como pajas afiladas, sustrayendo toda inocencia de mis pupilas… arrojándola lejos.
Duermes con tus gatos –me los has dicho-. Envidio su pelaje que se mece en el escenario tranquilo de tu habitación. Contenedor de mundos psicodélicos abrochados en mi constante deseo de tenerte sedosa, echada en mi pecho, murmurado gemidos de placeres microscópicos diluidos entre los poros del tiempo.
Tu vientre, es Génesis de mi caricia, es Apocalipsis que me somete a la inmundicia, esa sucia sustancia que se llama lejanía, imposible despertar.