"Soy Dazeth -dijo al Creador-, aquel que torna la belleza en mancilla, en deforme aglomeración de carne."
I. ENCUENTRO
He decidido guardar silencio ante ti, hincarme y recibirte en mi cuerpo como el más sagrado de los regalos. Hoy he vivido a tu lado lo indecible, lo que sólo es posible a través del misterio y de la aceptación de un cosmos que nunca es el mismo.
Recorrí tus labios del mismo modo en que un explorador se atreve a iniciarse en el viaje de lo desconocido, pero profundamente amado. Me has devuelto el aliento y haces que el sentido de mi vida reciba un nuevo amanecer. El otoño hace tiempo que terminó y hoy, en el abrazo helado del invierno, has llegado con tu calor a mis praderas para llenarlas de flores.
Hace frío, es final de enero en el infierno, y es pertinente guardar silencio, pues he decidido amarte.
II. LA VOZ DEL PADRE
"Dazeth, tu no deformas, no mancillas, solo necesitas amor."
Pensé ingenuamente que ella abrazaría mi amor con la alegría de
aquel que por fin recibe el regalo máximo de la vida: ¡sentirse vivo! Ahora me
doy cuenta que Medusa insiste en sentirse muerta, petrificada en el egoísmo de
su ideología, siempre marcada en lo más hondo de sus fibras por la soledad,
necio sentimiento que le brinda la ficción de sentirse autónoma, peor aún,
libre.
Si ser libre implica negarse al sacrificio que demanda el amor
¿qué caso tiene pretender amar?
Antes llegué a creer que su filosofía era una de las puertas al
asombro, pero hoy me doy cuenta que su
pensamiento fue una ilusión que elevó mi espíritu al grado del gozo, dicha que
ahora Medusa desprecia con toda la fuerza de su “fuego” vital y le arroja al
pantano de la indiferencia con el ardor carmín de esa sangre que circula
estéril por sus venas: su filosofía es la más grande simulación, su
perspectiva, un muestrario de cadáveres retóricos que llegan al mundo con
anencefalia.
Mi desgracia ha sido mucha. La Gorgona supo desde el principio que
yo regresaba a la vida como lo hace el sobreviviente de las guerras, marcado
por el abuso y por ese destino infame al que transitamos solitarios aquellos
que desde niños, conocimos del sexo sólo maldad y perversión. Necesitaba
sentirme acogido por la ternura y la comprensión, hermosos estados que la
Medusa me ofreció durante nuestro génesis, pero que hoy, hoy me arrebata detrás
de un escudo que lleva inscrita la palabra “abusivo”. No existe compasión, solo
hechos que ella presume como grandes muestras de amor: conservar mi biblioteca, de la cual ella ha sacado todo el provecho posible; consolar mi dolor y
mi miedo al sexo, de lo que ella no conserva más que desconfianza por alguien
que doliente, no ha descubierto el placer corporal mas que como culpa y
suciedad; atender a mis hijos y cuidarlos, cuando ellos, han aprendido a crecer
en el mundo adulto de ruines normas, adaptados en su totalidad a esta realidad
que les desdibuja como seres sensibles y que les somete a una responsabilidad
poco apropiada para su corta edad.
Ella piensa que darme, es sinónimo de abuso… ¡abuso!
Si se ama a alguien ¿cómo es posible que se le contabilicen tales
actos?
Hoy culmina nuestro amor y los restos de éste yacen en un callejón
nauseabundo. Los perros se sacian con sus desperdicios, les mastican cruelmente
con sus colmillos.
Desde un rincón soy testigo con los demás pordioseros, de cuando
esas bestias caninas defecan lo que han tragado: es el retorno al mundo de lo
que una vez fue el motivo de mi más grande felicidad, me hizo sentir de nuevo
creador, orgullosa ave fénix, pensador, artista... ¡pintor!
II. GRAUEN BAUTEN
"These grey buildings
Are my havens,
Yet they are
The venom running through my veins."
Dices que soy ególatra porque demando la atención de una caricia,
de un espasmo que aunque efímero, haga estremecer mi carne con la
vulnerabilidad de aquel, que ante la tentación de su más grande vicio, se
conmueve. Dices que soy abusivo, porque lloro, porque me siento vacío y solo,
despojado de todo bien, despojado de toda abundancia. Dices que soy demandante,
que reclamo, pero, ¿cómo no he de serlo cuando tú haces todo abanderada con el
escudo de tu libertad?, ¿cómo no he de serlo después de que tú ves primero por
ti misma, de acuerdo a tus conveniencias?, ¿cómo no he de serlo después de que
miras a otros cuerpos, y que su masculinidad te atrae cínicamente porque son
hijos de la disciplina del cuerpo que sólo atleta, te resulta bello y
atractivo?
Tu gozas del reconocimiento de los que te siguen. Piensan que todo
eso que dices sobre el amor a la humanidad es tan genuino, como los rayos del
sol que a diario nos acarician con clemencia y severidad. Pero la verdad es,
que eres una gran señora de la falsedad, maestra de la falacia, manipuladora de
los corazones que demandan tu dedicación, tu sacrificio. Eres incapaz de
sonreír a la humildad del otro y maltratas a aquellos que te sirven con la
soberbia de tu carácter, tan frágil y pálido que intenta sostenerse de una
personalidad tensa, neurótica, esquizofrénica, vanamente excéntrica. Solo sabes
pensar en ti misma, en tu dolor, en tus vacíos, pero, ¿sabes?, esos vacíos
nunca se marcharán porque desprecias al perdón, porque no toleras que alguien
atente contra esa mansión de mármol a la que llamas “libertad”. Eres forjadora
de tu propia cárcel, tú misma lames las paredes de ese mausoleo maldito que
presumes sin reparo, que ostentas orgullosa diciendo: “así soy YO”.
Decenas de imágenes se aglomeran en este diario tedio del vivir.
Vienen a mi mente las risas, las miradas de ternura que ahora resultan parte de
un “pueril proceso químico”. El amor reducido a endorfinas, a un momento que
permitió que las puertas gigantes de tu fortaleza se abrieran para ver que
sucedía con esa alma mía que tanto insistió en entrar. Nuestro bello idilio,
disecado en la mesa helada de un laboratorio, armado por tu existencia anclada
a un devenir cruel, disfrazado de pensamientos tremendos como el de Artaud,
aderezado con la vivencia filosófica de Nietzsche. Todo un andamiaje de
“máscaras” para ganarte el respeto y el reconocimiento que sin ese “traje del
emperador”, ¡jamás tendrías!
III. AL CAER LA NOCHE
«El Demonio, a quien la Biblia
denomina con predilección Satán o Satanás, o Lucifer –que así en el profeta
Isaías se define como el que nace por la
mañana, el que nace todas las mañanas-, es el que con este nombre luminoso
de tentador y de adversario asume el imperio de las sombras. Pero habrá que
advertir que esa sombra de lo divino puede aparecer a nuestros sentidos como
luz».José Bergamín, La
importancia del Demonio
Este es el día, el último día que figuras en la memoria de mi
historia. Te veo ahora tenue y casi dispersa en la neblina de mi olvido. Me
alegro de esa distancia, de ya no beber más de ese veneno que era amarte.
Lo nuestro se consume como ese cigarrillo que ahora mismo acepta
su lenta muerte entre mis labios, pero por desgracia, tu aroma, de igual modo
que el nocivo humo del tabaco, se queda impregnando mis pulmones con la misma
malicia que sólo puede poseer el gozo que nos brindó nuestro amor.
Hoy he aprendido a caminar a través de las tinieblas, viendo como
nuestras huellas se disuelven en la nieve de este gélido paraje del presente y
de lo que pudo haber sido.
Tu mirada, Medusa, petrificó una gran parte de mi alma en los
intestinos del tiempo, me he vuelto roca, un mineral perpetuo que da constancia
de que un día, fuiste mía.