
La fantasía sexual es un acontecimiento que se desenvuelve en la mente de manera especial. Aparte de los acontecimientos en el cerebro, que le presenten como una actividad neuronal específica de la consciencia, no deja de ser una manifestación clara y evidentemente subjetiva, por no decir psicológica, y que incluye a lo corpóreo como uno de sus fines, pero como veremos, solo en apariencia.
Su subjetividad consiste en los “condimentos” que le agregamos y que la hacen particular y puntualmente nuestra. Es un platillo carente de receta previa, pero que simplemente es, como parte de una interioridad individual y con un persistente matiz egoísta. No son las fantasías sexuales de ninguna manera comunes, es decir, compartidas en la colectividad. Cuando encontramos a alguien que dice tener una fantasía igual a la nuestra, éste miente, aunque sin mala intensión y probablemente, impulsado por la misma trayectoria sin freno de su propia fantasía: la fantasía de que ha encontrado a alguien con esa misma quimera, es sólo una conformación virtual y engañosa de la misma fantasía, que se pretende experimentada colectivamente.
Me remito a la analogía expuesta en la primera parte, donde sostengo que los sueños son esas imágenes mentales que son sólo nuestras. Lo mismo ocurre con las fantasías, y es por ello que no pueden ser compartidas o representadas de la misma manera por cada individuo, o expuesto de otra manera, no es posible que la misma representación mental de una fantasía, se conforme igual en la mente de individuos distintos. Cada uno tiene su particularidad, aunque dicha aseveración parezca redundante y hasta absurda por su obviedad.
Pero este asunto de lo particular no es un concepto ligero. Thomas Nagel lo ha expuesto en sus ensayos. Para Nagel uno es esencialmente su cerebro. Eso que es nuestro cerebro es lo que nos conforma como un ente diferente e impredecible entre los demás. Si todo proceso mental se sintetizara a un entendimiento y procedimiento razonado de todos los mecanismos que me hacen tener una representación mental (cualquiera), entonces sería posible duplicar esas representaciones de la misma manera, por ejemplo, en un sistema cibernético.
Pero ese cuestionamiento de Nagel sobre la individualidad, sobre ese self nos indica que hay un algo que nos hace ser de determinada forma. Los contenidos de esas formas singulares así mismo poseen esas características de nuestra propiedad única, imposible de duplicar.
Lo fantástico placentero que habita en nuestra mente cuando deseamos algo específico, adquiere el modelo de algo concreto, particular. Sabemos a la perfección que es lo que queremos, cómo y cuando. Su concretismo no hace a la fantasía algo objetivo. Esa nomenclatura tan solo sirve como apuntador de su forma.
En ese preciso momento, entra en el juego la individualidad. Al puntualizar la imagen de lo deseado en algo definido, nos mostramos como somos y como queremos ser. Nada tiene que ver con un alter ego, es distinto, pues ese querer ser no tiene relación con una superioridad arquetípica, tiene que ver con la posibilidad de experimentar nuestro cuerpo, a través y gracias a otro cuerpo. Pero es solo una idea que sirve de motor e impulso, inexplicable en el terreno de la voluntad. La ilusión de llevar a cabo la fantasía de uno, cobra una dimensión distinta, pues nos brinda la oportunidad de afirmarnos como cuerpo y ya no como mente. La individualidad conforma un ente que se reconoce a sí mismo gracias a las sensaciones que percibimos del otro, que se valúa no por su presencia, sino por lo que puede ayudarnos a presenciar como nuestra carne.
Todo este desarrollo teórico va haciendo de nuestras fantasías sexuales, un evento rico y complejo, pero al mismo tiempo peligroso si no se tiene consciencia de que su constitución fantástica, debe permanecer tal cual, o de lo contrario, como antes ya lo he expuesto, el individuo puede caer en la trampa de la ilusión.
Con esto no quiero decir, que tratar de aventurarnos en la realización de una imagen fantástica sea vedado y que sólo debemos conservar esa fantasía en su propio terreno abstracto, dicho de otra forma, lo prioritario será en todo momento, la claridad intelectual con la que debemos actuar respecto a nuestra ilusión; mantenerla en su contexto.
Este discurso ensaya sobre ese problema, y las hipótesis pueden ser varias. La más importante, es aquella en la que señalo que toda fantasía sexual, es un modelo mental, intelectual, que no hallará satisfacción en su transición al mundo de lo físico palpable. Quizá nos encontremos con otros problemas, como el que concierne al tipo de fantasía del que se esta hablando. Trato en esta reflexión sobre la fantasía sexual, porque percibo semejanzas con otros pensamientos humanos que no encuentran claridad en el mundo exterior, por lo menos, no igual a la que se tiene en el mundo interior, como en el caso de la creación artística.
Nuestro cerebro construye nuestra realidad, sólo nuestra; y éste es un principio fundamental para partir hacia el sustento y comprobación de una hipótesis que plantea a lo fantástico, como algo que por naturaleza propia, es insaciable por su carácter posible pero paradójicamente irrealizable.
Se sigue fantaseando porque es una necesidad de comprobar límites transparentes, transgredibles y sin consecuencias irreversibles. Las fantasía que se orienta en los terrenos sexuales eróticos, existen en la mente de los individuos que desde su amanecer en su sensualidad, las experimentan con la idea de que alguna vez podrá realizarlas, olvidando ingenuamente, que eso, no depende exclusivamente de él.
De cierto modo, esa idea de alcanzar lo inalcanzable en cuanto a los apetitos sexuales más elaborados, es una manera de mantener la atención y la audacia, al momento de afrontarnos con una situación real y concreta por ejemplo, a la hora de hacer el amor con una pareja que ignore, lo que se proyecta dentro de nuestro interior a manera de estimulante virtual, representaciones mentales erotizantes y que funcionan como un estimulante infalible contra una rutina sexual estable.