Sunday, February 05, 2012

FENIX: el Verbo

Hace un par de días decidí regresar al espacio de los blogs. Una difícil decision, pues me había concentrado en algunas crisis personales que de pronto me dejaron varado frente a un gran páramo. En fin. Hoy regreso con un texto reciente, incluido en mi tesis de grado como parte de mi producción creativa.

El texto se llama El Verbo. Y dice...

Durante los primeros segundos no era capaz de clarificar el acontecimiento. Mi cuerpo temblaba en la delicada fragilidad de lo prohibido, rozando tímida, pero insistentemente, el origen mismo de lo que algunos llaman pecado.

Pero en esos instantes, no existía en mi la idea, ni el concepto de culpabilidad. Lo que estábamos haciendo era producto de un impulso, de una voluntad ajena a cualquier principio ético. Nuestro proceder era la revelación más fina de la transgresión, una nueva configuración de la carne en servicio de un espíritu callado, silente en su más tremenda lascivia.

Se ha dicho que al principio del universo, la nada sufría el proceso de convertirse en "algo”. Nacer duele… El nacimiento es sin duda alguna, la primera demostración de que la iluminación de la vida hiere, en su terquedad por congregar, reunir, juntar, huir de lo informe y la desesperante fragmentación.

En el principio, la oscuridad precedía al caos, no existía ninguna noción de orden, pues este vino hasta que el hombre y sus invenciones divinas se depositaron en la consciencia humana para delimitar sus acciones, ponerles un cerco donde ya enjauladas, los más bajos instintos, las más viles pasiones naturales de la Bestia quedaría de una vez por todas, confinadas al destierro y a la fría condena de la razón.

Yo miraba su pequeño cuerpo femenino cubierto de blancura, su piel húmeda y nerviosa dispuesta al antojo de mis manos. No dejaba de tocarla nunca. Esa sensación fue seguramente la que en su juventud experimentara el Demonio, cuando sus pasos le guiaron al templo sagrado de su Padre Celestial y ya dentro, intentó tocar apenas su sagrada estructura. Seguramente, el Demonio miraba a su Creador con la mirada perdida en la locura de la amenaza al Padre, así el Demonio amagó con tocar lo puro, hacerlo negro. Pero el Demonio nunca llegó a tocar los muros en los que moraba su Creador. Lo intentó. Su forma en apariencia malvada no pudo traspasar las líneas de lo permisible, su misma identidad, su forma concreta de maldad no superó el reto.

En cambio, mis manos si tocaban, apretaban, magullaban la carne de la pequeña ninfa, esa criatura que era el mismísimo templo sagrado de la inocencia y la pulcritud. Soy Hombre, soy un monstruo capaz de cruzar las fronteras, de inventarlas a su libre antojo, pues mi identidad es el reflejo de aquello que no llega ni siquiera a ser noción. En ese aspecto, superé al Demonio...

El tiempo siguió su imparable curso, de la misma forma en que mi pene se hinchaba, venoso, moreno; definiendo la trayectoria que tendría el chorro de semen naciente en la perfidia; corrupción incestuosa pero dulce, experiencia cercana a la primera idea del mundo, a la angustia de la nada y el dolor de su parto.

Así nació el culto recíproco por nuestros excesos…

Mi ninfa, hija única de mi único matrimonio, se resistía a depositar sus labios sobre mis pezones, los besaba y los lamía mirando esporádicamente mi rostro, como para constatar, de que yo era el mismo hombre que la había creado. Su piel exhalaba excitación, le urgía degustar el sabor de mi piel, la dulzura pegajosa de mi semen brotando explosivo, a sabiendas de que nuestro éxtasis se alimentaba como vampiro de una doliente interdicción.

Y así, conjuré al Demonio, mientras yo cerraba mis ojos, aunque esporádicamente me volvía para verla, para contemplarla succionando mi pecho, al tiempo que con sus finas manos apretaba la base de mi miembro, rígido, colorado, decidido. Los dos, unidos por las piernas, anudadas las suyas sobre las mías. Esporádicamente, a ratos, sentía como ella deslizaba sus dedos hacia mi ano, sumía allí sus dedos, los llevaba a ratos a su boca para ensalivar el signo de la rotura; ya no estábamos separados, sin embargo escindidos.

Hay veces que no experimentamos el tiempo, éste transcurre, fluye, sucede. Quizá sea esta, la aproximación nítida de nuestro "no estar", de nuestra "abstracción", de nuestra "ausencia".

Para asirme a la realidad, con mi mano izquierda apretaba su cuerpo, le tocaba también el ano, su empapada vulva. De su vagina escurrían hilos de líquido con sabor a mar, que olían a su sudor adolescente, nuevo en la experiencia del vivir, pero ávido por corromper su propio cuerpo, de salirse de su santidad para volverse pensamiento, idea impura; maleficio y prefacio a la narración del mal.

Para cuando no resistí más la emoción de lo prohibido, en mi mente se clavaban los ojos de el Demonio que reía, que veía a su Creador señalándonos, pues éramos la demostración a su más simple hipótesis: el hombre es imagen y semejanza de esa cuestión que se resiste al desorden, que lucha constantemente por mantenerse reunido, íntegro, Uno.

El Creador lloraba, mi pene convulsionaba y se preparaba para la expulsión de galaxias, nebulosas que iluminan la infinita oscuridad del universo.

Mi ninfa gemía tenuemente, fijó su mirada en mi brilloso glande, respiró profundo y procedió a devorar mi semen, a recibirlo en su lengua, jugueteando con el entre sus labios; lo sorbía, lo lamía mientras su joven piel ardía en llamaradas solares, era una Supernova, constelación naciente que se erige a partir de la destrucción.

Así transcurrieron los primeros instantes, los primeros segundos, el estallido de la creación, el ordenamiento del mundo: todo se hizo verbo.