Por lo pronto, disfruten de este manjar de perversión y antojo.
...Caminaron hacia el sillón ya con la piel ardiendo. Era hora de experimentar lo prohibido y consagrar esos instantes a la demencia de un deseo jamás sentido. Carola puso un condón en el dildo y lo lubricó de manera perversa. Los húmedos minutos transcurrían al tiempo que unas gotas transparentes como de manantial, emanaban del pene erecto de Santiago, que abría sus ojos desorbitando su mirada para ver la hermosa verija de su hembra. Santiago se recostó sobre el sofá y abrió las piernas para ser penetrado. La promesa de su amante era la experiencia de un placer jamás vivido, jamás sentido. Carola introdujo lentamente el dildo en aquel ano masculino. El día se dejaba escuchar en el fondo, la gente, sus voces y la vida que transcurría con su rutina mientras en aquella habitación, se llevaban a cabo los ritos amorosos más lascivos. Cuando el falo eléctrico estuvo ya adentro de Santiago, ella lo ayudó a ponerse de pie, pues la sensación era tan intensa que el chico parecía no poder andar por sí mismo. Fue entonces cuando Carola -estando aún sobre el sofá- le mostró su trasero ya empapado y listo para recibir aquella verga morena que parecía explotar. Con movimientos suaves y atinados, Santiago comenzó a introducir su instrumento hasta llegar al fondo de su amante. Por fin, los intestinos de ambos estaban llenos, no solo con la presencia física de la penetración; estaban llenos al tiempo de magma que hervía para dar consuelo a su insaciable voracidad de carne. Las palabras que se decían los amantes eran de naturaleza viscosa. Los sonidos de sus sexos se expandían en el vacío de la habitación, creando ecos de culpas disfrutadas, pornográficamente carentes de arrepentimiento . Eran gemidos y al tiempo susurros indescifrables que revelaban locura y éxtasis. Santiago tomaba las piernas tersas de su dama para hacerla suya con cada movimiento. Besaba sus zapatillas y recorría con sus dedos temblorosos las piernas de su amada. Ella, entre tanto, tomó sus pequeñas panties en las manos para acercarlas al olfato de Santiago. El aroma de aquella prenda lo cautivó súbitamente, exprimiendo lágrimas perversas de sus ojos ya casi aniquilados por la belleza de Carola, echada sobre el mueble, orgullosa de aquellos actos hermosamente libidinosos. Santiago estiró sus brazos para estrujar las tetas de Carola. Sus senos se movían al ritmo de las arremetidas de Santiago, y hasta parecía que cada una disfrutaba ser estrujada por las manos de ese hombre enloquecido, que para entonces parecía ya una especie de animal sodomita. Pasaron así algunos minutos, hasta que ambos se desbocaron conteniendo la violencia de ese acto sutil. Santiago sacó su miembro, ya rojo como el fuego, y lo sacudió con fuerza cerca de la boca de Carola. El glande de esa verga resplandecía, las venas que llevaban sangre al miembro parecían botarse frenéticamente, para que el falo eyaculara su leche, en la lengua de la chica que ya lo pedía a gritos. Ella lo degustó tomando a su amante por las nalgas y succionando hasta la última gota de ese esperma caliente. Santiago tembló hasta que quedó vacío ... inerte. Días antes, Santiago había leído sobre la relación que guarda la boca con el ano. Recordaba: “El hombre, es un tipo de animal que anda erguido, pero al ponerse en cuatro patas y si levanta su cabeza para ver de frente y hacia arriba, la cadera se realza y curiosamente, su boca queda apuntando directamente a su culo y viceversa; casi de manera geométrica; así, como los demás animales que caminan por el mundo”. Extraño mundo ... -pensaba Santiago- al tiempo que las vibraciones del dildo reverberaban dentro de su trasero. Carola se levantó del sofá dejando vestigios de sus actos libidinosos sobre el tapiz del sillón. Su vagina se derramaba de manera casi incontenible. Mientras, Santiago, se hecho sobre el sillón para continuar con la tarea de probar más y más de aquella hembra que ahora de pié, parecía más diosa que mujer. Santiago estaba exhausto. Su vientre se movía rápidamente para inhalar la mayor cantidad de oxígeno posible; pero sus ojos seguían fijamente la nublada figura de Carola que se paseaba de un lado a otro, presumiendo la grupa y acariciando sus tetas hinchadas y brillantes. Al cabo de unos minutos, ella se inclinó hacia el culo de Santiago. Se acercó sin prisas hasta que su rostro -aun con restos de semen en los labios- quedó a escasos milímetros de su amante. Santiago cerró los ojos que no recordaban la última vez que parpadearon para darse un breve descanso. Carola tomó el dildo que él tenía dentro, y lo sacó suavemente para volver a sodomizar de nuevo a su amante. Continuaron así hasta que él recuperó la fuerza. Esta vez, caminaron hacia la cama que ya impaciente les aguardaba. Santiago introdujo su dedo en el culo de Carola mientras se dirigían a la alcoba. Éste se recostó sobre su espalda, y colocó a Carola encima de él. La posición era digna de cualquier relato libidinoso y de mitología perversa: Ella le daba la espalda y tomó la verga de Santiago para meterla en su culo insaciable. Santiago se estiró como sintiendo el toque de una energía mística y prohibida, y siguió el movimiento hasta sentir que su miembro era apretado por el estrecho esfínter de Carola. Con cuidado ella se inclinó hacia atrás abriendo sus piernas lo más posible para entonces, introducir un pene de plástico en su coño. Para ese momento, los jugos de su sexo resbalaban fácilmente hacia abajo para ayudar a lubricar la sodomización. Eran ríos de fluido transparente que se abrían paso por cualquier pliegue que les permitiera llegar hasta el culo se Santiago, que aún contenía el dildo que vibraba sin freno. Carola se sostenía con una mano sobre el colchón y con la otra se daba gusto penetrándose, soñando con dos machos jodiéndola, lamiéndola. Meses atrás, ya Carola había tenido ese tipo de sueños, cuando Beatriz, -su amiga desde la infancia- por vez primera le mostró ese extraño instrumento: -es un objeto eléctrico; pero hay veces que parece estar vivo- exclamó Beatriz con la seguridad que posee la cocinera experta, que por fin revela los secretos más íntimos de sus mejores guisos. Carola tenía esa imagen presente mientras Santiago le hablaba palabras inundadas de saliva tierna e infame. Carola sentía que su cuerpo no era suyo, que era algo externo, como un objeto que solo obedecía al llamado del placer y la lujuria. Los seres humanos son criaturas débiles por la carne, aunque lo nieguen. Muchos se lamentan por no poder hacer de sus fantasías, realidad palpable. Otros, se quejan del sexo como si se tratase de una molestia maligna; pero también existen gentes que le rinden culto, y aunque sus corazones estén llenos del amor más dulce, son también poseedores de los actos sexuales más exquisitos. Carola y Santiago eran ese tipo de mujer y de hombre. Existían para ser amados y amar sin recato. Sus manos estaban diseñadas para dar consuelo y ánimo al espíritu más necesitado y frágil; al tiempo que esas mismas manos, eran capaces de acariciar en las partes más íntimas del cuerpo propio y ajeno.
Lo maravilloso del acto sexual entre ellos, no era tan solo el buen sexo que tenían; era la comunión de dos seres que se encontraron en un punto decisivo en sus vidas, cuando ambos buscaban su reflejo, su complemento en la existencia de un deseo inagotable. La encrucijada del tiempo les juntó para ser uno, para derretir su piel y transformarla en la cera que será moldeada por la eternidad y la sabiduría de un Eros sin horizontes ni fronteras. La imagen de una habitación desolada se dejó contemplar. Los dos amantes habían partido a sus vidas rutinarias. Quedó el aroma impregnado en el sillón, en la alcoba, en las sábanas: ¿Quién tendrá la fortuna de tomar esas telas, devorarlas con el olfato y hacerlas suyas?
Carola y Santiago
de Húmedas e innombrables
por Mauricio Zárate
Lo maravilloso del acto sexual entre ellos, no era tan solo el buen sexo que tenían; era la comunión de dos seres que se encontraron en un punto decisivo en sus vidas, cuando ambos buscaban su reflejo, su complemento en la existencia de un deseo inagotable. La encrucijada del tiempo les juntó para ser uno, para derretir su piel y transformarla en la cera que será moldeada por la eternidad y la sabiduría de un Eros sin horizontes ni fronteras. La imagen de una habitación desolada se dejó contemplar. Los dos amantes habían partido a sus vidas rutinarias. Quedó el aroma impregnado en el sillón, en la alcoba, en las sábanas: ¿Quién tendrá la fortuna de tomar esas telas, devorarlas con el olfato y hacerlas suyas?
Carola y Santiago
de Húmedas e innombrables
por Mauricio Zárate
