
Ayer contemplé tus ojos y tu mirada de cerca; entonces comprendí que no se trataba de un sueño y que de verdad estabas ahí junto a mi, oculta entre toda nuestra conversación de emociones y de espasmos vividos en secreto.
Me miraste con tus ojos curiosos tratando de investigar lo que sentía debajo de mi abdomen. Hurgabas de manera cautelosa, a paso de felino, sobre mis pensamientos y escuchaste cada palabra que dije, tratando de no explotar en una tormenta de besos que no frenarían, hasta que llegáramos juntos a un lecho suave, de claveles rojos y blancos, para descansar y dislocar nuestros sentidos con nuestros cariños.
Por varios instantes sentí el impulso de tomarte entre mis brazos y raptarte, hacerte parte de mi; desde las entrañas hasta la mas leve partícula de tu aliento, de tu serena respiración.
Me abstuve de lanzarme sobre los terrenos blandos de tu piel, a pesar de que cada instante, ardía en mi, la flama inextinguible de mis deseos amorosos, sed de fragancia femenina, de tus ojos de cristal que se emocionaban con la fantasía de besarme.
Yo solo podía imaginar conceptos de fusión, de amalgama, de maleabilidad, de ductilidad, de aleación de olores y sabores de la piel que suspira sudor, que se moja. Metalurgia de los cuerpos vibrando por dentro, como magma ardiendo, al rojo vivo como cuando se fabrica el acero, rígido y plateado como ese ímpetu de nuestras ansias compartidas… en silencio.
Te despediste y te marchaste sin decirme más en esa tarde de cielos nublados, de calles azules, ladrillos mojados que se exprimen en mi olfato para recrearte desnuda, frente a mis ojos que te devoraron completa, hasta dejar de ti un espíritu cautivo, un alma tranquila; pétalo flotando.
Me retiré de nuestro lugar secreto de reunión, y al mirar en el retrovisor de mi auto el triste y melancólico tema de tu partida, yo solo podía pensar:
“¡Cómo deseo desaparecer entre tus piernas!”
