Wednesday, September 03, 2008

DESAPARECER ENTRE TUS PIERNAS


Ayer contemplé tus ojos y tu mirada de cerca; entonces comprendí que no se trataba de un sueño y que de verdad estabas ahí junto a mi, oculta entre toda nuestra conversación de emociones y de espasmos vividos en secreto.

Me miraste con tus ojos curiosos tratando de investigar lo que sentía debajo de mi abdomen. Hurgabas de manera cautelosa, a paso de felino, sobre mis pensamientos y escuchaste cada palabra que dije, tratando de no explotar en una tormenta de besos que no frenarían, hasta que llegáramos juntos a un lecho suave, de claveles rojos y blancos, para descansar y dislocar nuestros sentidos con nuestros cariños.

Por varios instantes sentí el impulso de tomarte entre mis brazos y raptarte, hacerte parte de mi; desde las entrañas hasta la mas leve partícula de tu aliento, de tu serena respiración.

Me abstuve de lanzarme sobre los terrenos blandos de tu piel, a pesar de que cada instante, ardía en mi, la  flama inextinguible de mis deseos amorosos, sed de fragancia femenina, de tus ojos de cristal que se emocionaban con la fantasía de besarme.

Yo solo podía imaginar conceptos de fusión, de amalgama, de maleabilidad, de ductilidad, de aleación de olores y sabores de la piel que suspira sudor, que se moja. Metalurgia de los cuerpos vibrando por dentro, como magma ardiendo, al rojo vivo como cuando se fabrica el acero, rígido y plateado como ese ímpetu de nuestras ansias compartidas… en silencio.

Te despediste y te marchaste sin decirme más en esa tarde de cielos nublados, de calles azules, ladrillos mojados que se exprimen en mi olfato para recrearte desnuda, frente a mis ojos que te devoraron completa, hasta dejar de ti un espíritu cautivo, un alma tranquila; pétalo flotando.

Me retiré de nuestro lugar secreto de reunión, y al mirar en el  retrovisor de mi auto el triste y melancólico tema de tu partida, yo  solo podía pensar:

“¡Cómo deseo desaparecer entre tus piernas!”

 

Monday, September 01, 2008

EL VALLE


Durante algunos días me he llegado a sentir parte de un paisaje desolado, donde sopla un viento imparable y penetrante. No puedo ver claramente, pues la mirada se nubla con las tinieblas de arena, con el chillido escalofriante de la nada.

Ese es mi encuentro con tu ausencia, con la terrible estampa del adiós, con las fétidas alucinaciones del destierro. Desde tu partida no he hecho más que añorar tu regreso, pronto, cercano y tibio; ese mismo que me mantenía de pié frente a las inclemencias de mi vida.

Escribo estas letras como escribir un epitafio, como acariciando el césped que rodea un sepulcro que cargo a diario en mi mente, que lo llevo fuertemente atado a mi alma, como eterno.

Las horas han sido inmisericordes. Cada segundo me detengo a reflexionar sobre nuestros besos; esos besos que como pétalos caen de mi mente a mi piel, consolando a mi existencia que se seca, humectando con su ternura mi desencanto, recorriendo con angelical delicadeza las heridas autoinfringidas de mi cuerpo.

Soy yo el que parece una figura de sal, de mármol ennegrecido por los siglos, amargo por las centurias que pasan todas, en un solo día sin ti, sin tu cabello, sin tu mirada arrullada en mis pupilas, sin tus labios que aderezan mi saliva de gentileza, que me bañan de color la piel, que es desde mi nacimiento, ceniza gris que se desbarata al primer soplido de la nostalgia.

Soy parte de un paisaje desierto, de un páramo escondido de los demás, que me sonríen en la decadencia de este mundo insano, que me ataca, que me cubre con su espesa miel rastrera, que repta dentro de mis venas, succionando mi vida, convirtiéndola en insignificancia, en una oleada de aroma que se desbarata en lo efímero de la razón.