Monday, September 01, 2008

EL VALLE


Durante algunos días me he llegado a sentir parte de un paisaje desolado, donde sopla un viento imparable y penetrante. No puedo ver claramente, pues la mirada se nubla con las tinieblas de arena, con el chillido escalofriante de la nada.

Ese es mi encuentro con tu ausencia, con la terrible estampa del adiós, con las fétidas alucinaciones del destierro. Desde tu partida no he hecho más que añorar tu regreso, pronto, cercano y tibio; ese mismo que me mantenía de pié frente a las inclemencias de mi vida.

Escribo estas letras como escribir un epitafio, como acariciando el césped que rodea un sepulcro que cargo a diario en mi mente, que lo llevo fuertemente atado a mi alma, como eterno.

Las horas han sido inmisericordes. Cada segundo me detengo a reflexionar sobre nuestros besos; esos besos que como pétalos caen de mi mente a mi piel, consolando a mi existencia que se seca, humectando con su ternura mi desencanto, recorriendo con angelical delicadeza las heridas autoinfringidas de mi cuerpo.

Soy yo el que parece una figura de sal, de mármol ennegrecido por los siglos, amargo por las centurias que pasan todas, en un solo día sin ti, sin tu cabello, sin tu mirada arrullada en mis pupilas, sin tus labios que aderezan mi saliva de gentileza, que me bañan de color la piel, que es desde mi nacimiento, ceniza gris que se desbarata al primer soplido de la nostalgia.

Soy parte de un paisaje desierto, de un páramo escondido de los demás, que me sonríen en la decadencia de este mundo insano, que me ataca, que me cubre con su espesa miel rastrera, que repta dentro de mis venas, succionando mi vida, convirtiéndola en insignificancia, en una oleada de aroma que se desbarata en lo efímero de la razón.

 

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