
En una espiral liquida de tiempo, cabalgaba a la noche con el rigor de un jinete prescrito a exterminar con el encanto de la ternura y hacerla lascivia, perversión al alba del desencanto.
Una tarde de silencio se encontraron frente a mi dos vértices. Uno me acercaba a la frontera entre la razón y la locura; la otra, era sable que me dividía entre mi ideal y mi realidad presencial. ¿A caso invoco a la maldad? ¿Acoso de la belleza hacia la monstruosidad que se vuelve ensueño, perla, Andrómeda?
En cierto momento me senté en la roca del pensamiento originario, abrí mis brazos hacia la doncella etérea de la humana colmena. Mis brazos se extendieron hacia el frente y de nuevo mi consciencia se descubrió en tentáculos, extremidades grotescas envenenadas por mi fealdad. Soy el monstruo informe surgido del espejo dual de mi bifurcación presente, soy ánima ignota, volátil y juguetona en el polen de tu templo.
Después de vivir el tormento junto a la roca del pensamiento aparecí entre las sabanas blandas de cartílago, eres rotura y articulación lubricada de mis extremidades alargadas, pegajosas, jugo amniótico extraído de las flores de hiel, fétido y amargo aroma de mi aliento.
Me alejo de ti y me acerco a ti por medio de una crónica de distancias. Soy la alucinación, el desahogo y el llanto liberador de la entrepierna abierta a tajos, sangrante... hemorragia que se transforma en cascada, río, lago, mar y océano de laceraciones y heridas constantes y profundas. Todo ese acto de desangrar se vuelve alimento del mangle, se torna en selvas oscuras como aquellas que relataba Dante en su viaje al infierno.
Soy el ángel revelador, el que muestra dentro de lo grotesco el triunfo de una belleza pervertida por la ternura. Flujo oscuro que te recorre toda, te acomoda entre mi piel y la alcoba.
En una ocasión me llevaron lo más lejos de mi creador, se espantó de mis sentimientos, le temió a mi belleza y me acorralo al paraje más recóndito de su imperio. Los gritos ahogados en la sangre de los martirios se convirtieron en la sinfonía estridente de mi dolor, de mi castigo: me convertí en monstruo.
Devoro luz, niños nonatos, espejos rotos que se adhieren a mi garganta lacerando mi interior como si se tratara de expiar las culpas.
Vuelvo siempre a la roca del principio, a la reflexión ensombrecida y atascada de llanto. Soy el que permanece, el que jamás invita a la belleza a quedarse, aunque la adoro y le rindo culto a través de mis bestiales actos. Todo esto es el tormento de un amor abandonado, bastardo y desprotegido de toda caricia, de todo cobijo por la eternidad entera, completa que aun me atraviesa y me convierte en pesadilla.
El fuego es eterno, las llamas no se canibalizan, una a una se forman en procesiones enteras de delirio, rompiendo mi alma en dos.
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