Sunday, November 23, 2008

DOLOROSA, MOVIMIENTOS INVISIBLES

Quizá el dolor es el verdadero principium individuationis. Vivir es aprender a vivir con ese dolor que nos adviene y permanece en nosotros de forma tal que de él y sólo de él estamos obligados a extraer nuestro sentido de la identidad.

Evodio Escalante, Espanto y silencio en la poesía de Paul Celan. Ponencia contenida en el libro El Mal, diálogo entre filosofía, literatura y psicoanálisis. Ediciones Arlequín

I. DOLOROSA

Estoy sentado en la penumbra de una habitación, que tiene por ojos dos ventanas pequeñas que miran al cielo. En esta habitación escucho el murmullo cauteloso de mis interiores orgánicos, de las pulsaciones biológicas que dan constancia de mi estado vital, que existo, que inevitablemente respiro.

Tal vez esta actitud sedentaria es una voluntad natural de petrificarme, de sentir mas allá de lo posible para así, poder entrar en el trance que me conducirá hacia ti de manera elíptica, como trazo geométrico que describe la congruencia entre los cuerpos, su perfecta proporción, su perfecta armonía lineal que teje con nosotros una intangible ilusión.

Sentado espero a que las fantasmagorías cotidianas me abandonen. Espero paciente a que se me desmiembre lentamente, a que mis ojos se desgajen como tiernas mandarinas, exprimiendo su ácido jugo sobre mi rostro, sobre la máscara que a diario llevo puesta, que intercambio según los caprichos de mis deseos, de mis sinsabores, de mis cientos de frustraciones… aguardo.

¿Quién puede pensar en el tiempo, cuando lo importante es el hambre que siento, inspirado en tus antojos, en tu suave musgo de niña?

Hasta el polvo, que se deja ver como espejismo, cae sobre las superficies de la habitación levemente, como caricia de recién nacido, como secreto tallado en el silencio. Ese polvo es la huella de un Cronos revelado, aparecido ante mis ojos desfigurado, concebido como un largo lamento de existencia dolorosa.

Te vi llorando ayer, saliendo de esta misma habitación, desbaratada.

Saliste huyendo dejando reverberaciones de tu imagen , como estela de humo, como sello despreciable de tu suplicio. Llorabas con el corazón encendido, con tus manos rojas apretadas contra tu rostro, como tratando de arrancar tu identidad y arrojarla lejos, a las rocas, para que se desangre toda y vivas por fin como sustancia, como muestra en un cubreobjetos que aprisiona tu inmensidad contra la tosca planicie de su frágil superficie.

Ayer me dejaste inmerso en una cápsula de desconcierto. Me sentí dentro del vientre de esa madre que desea que no crezcas, que anhela matarte a golpes, asesinando cada fragmento de ti, hasta desaparecerlo entre las sustancias de desecho, entre las ruinas hospitalarias de una vida.
Horas antes te declaré mi amor prohibido, mi inaudito deseo de querer tomarte entre mis labios y asfixiarte con mi lengua, de sacrificarte para satisfacer las ansias de este terrible secreto que es adorarte; pero saliste llorando de la habitación, de esta misma habitación que huele a pánico, a terror por lo profundo, a fobia por aquello que nos impacta contra nuestra propia sombra: tú eres yo y yo soy tú.

Como con miedo a la medusa, cierro los párpados apretándolos con la intensidad inconmensurable del destierro injusto, de la derrota que se siente dentro de los huesos, helada, yacente: ¡muerta!

La penumbra está por rescindirse, y el manto prieto de la noche se ajustará a la tierra como un traje ajustado que asfixia, pero que se venera, que se disfruta perversamente y nos empuja hacia vacíos llenos de nada, hacia la nada compuesta por el todo.

Perecerá otro día, como el hijo de aquel, que se llama así mismo dios.

Estoy sentado en la habitación que parió prematuramente a nuestro amor, entre sangre y vísceras, entre verdes y blancos característicos de la putrefacción, inevitable, como esta misma respiración que me sostiene, vacilante, en el tortuoso delirio de sentir tus labios contra los míos.

II. MOVIMIENTOS INVISIBLES

Breve, será el contacto con tu cuerpo, tenue como el velo que cubre un piano en la tarde de la vida, que suena distante aunque le vemos ahí, justo frente a nosotros, mudo, muerto, en blanco y negro.

Ojos salvajes los tuyos, se clavan en mi como las garras del cachorro salvaje, que se resiste a la estampida, pero que quiere despedazar, deshacer de un solo golpe.

Mi amor es prohibido, pero no será así por siempre.

-“ningún cambio opacará tu brillo, no lo olvides”- te escribí titubeante, depositando en esas letras todo mi fuego, fuego que solo puedes tu controlar, asesinar y resucitar.

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