Tuesday, December 16, 2008

BACANALES SEXUALES PARTE I –Dazeth-


I. LA INTUICIÓN DEL SER

Padre mio, enofrenda porgo il mio corpo, e di prendere da lui, ciò che per piacere.

Como hombre gusto de todo aquello que causa placer, que sea su motor, su fuego, su principio, su génesis. Vivo en la esfera delicada de lo sublime, embelesado con toda la belleza oscura de los encantos de la tierra, de esos encantos que se castigaron en otras eras, en otros tiempos cuando el hombre aún dependía de la aprobación divina para el desarrollo de sus actos.

Ahora parece que Dios se ha desvanecido. Si a caso, puede ser que su omnipresencia habite ahora en los áridos terrenos de la tecnología, de la avasalladora tormenta de imágenes y sonidos. La saturación misma del Apocalipsis. Aglomerado en un hueco estrecho que es el ano del tiempo. De ahí provengo yo.

Decidí que mi cuerpo sería un vehículo para las sensaciones de la vida. Decidí explotar mis sentidos para hacer de mis tejidos biológicos, masa etérea que se disuelva en las manos de quien guste, como yo, de atarragarse con todo lo deleitable.

Como artista también me he entregado al onanismo mental. Al interminable delirio, inescrutable y que se niega rotundamente a la extinción. El misterio de la creación conformado por fluídos, por excrecencias. Las mías, las de otros. Líquidos inyectados en las entrañas del amante, expulsiones de enemas que chorrean en mis labios. Pinto con ellos y hago imágenes de demoníaca belleza.

Contemplo a mi sexualidad como a un dragón embravecido, pero que esconde toda su osadía bajo una piel suave que se antoja tierna, serena. Y con mis ojos negros miro directo a ese lunar de Júpiter. Siglos y siglos de tormentas, concentradas todas en una mancha, que parece estática ante los ojos de aquel que estudia los astros. En donde caben cinco tierras, hay una tormenta indescriptible, como mi deseo y mi lujuria.

Me pierdo en esa imagen solitaria y silenciosa. Quietud cósmica. Arrullo de constelaciones que se alborotan cada vez que me vengo sobre la piel rosada de las mujeres, que sudorosas y ansiosas, esperan mi beso frenético en un vértigo de calor de fuego perpetuo.

Soy el incansable perseguidor de ese momento en el que se disuelve toda la existencia y se concentra debajo del vientre, en el sexo; como un agujero negro que traga toda materia. Cuando me vengo aprieto mi piel, la desgarro, convulsiono con intensidades variadas, desde la flor que tiembla al viento, hasta el estampido de las olas de un mar negro furibundo.

Imagino luego que estoy dentro de un ombligo, protegido y perene. Luego sueño que yo mismo soy un tubo vaginal, un ano dilatado esperando una lengua que me roce los bordes y me llene de saliva, que haga ruidos imprecisos de bestia, de monstruo delicioso.

Ser un monstruo me gusta. Batirme en los fluídos, en los aromas y en los sabores de aquellas a las que adoro. Mi cuerpo no es mío y no es de nadie. Es fuerza natural que se guía con su espíritu de manera impredecible. Soy un augurio borroso en la mente de la pitonisa. Soy una variable en los pizarrones siniestros del matemático, enloquecido por la ausencia de respuestas. Mudas y muertas.

Adoro el sexo que es sexo. No el sexo que simula un amor, o una ternura pasajera que después y cruelmente se convierte en amarga memoria. Mi capacidad de retención neuronal se basa por completo en lo que veo, en lo que digiero con mis ojos y lo convierto en alimento procesado para absorber sus nutrientes y conservar mi inmortalidad.

Cuando veo a una mujer, mágicamente la hago mía. La poseo y la tengo cerca de mí. Me traslado hacia ella en silencio y le acaricio, y cuando cobro conciencia de mis actos, estoy parado en el mismo sitio. No me moví, pero me desplacé innegablemente a través de las finas cuerdas del espacio-tiempo. Como vampiro, como ser abismal dueño de las sombras.

Soy Dazeth, el destructor de todo lo divino. El ángel que por su rebeldía hacia el Eterno, recibió como castigo la maldición del deseo insaciable. He devorado a los demonios más temidos y he mermado la densa población de Legión, abreviando a sus integrantes de manera tal, que se han vuelto incapaces de habitar en la carne, impotentes de saborear la lujuria amable y roja de los infiernos.

Soy aquel que en su pleito con las reglas y lo establecido, marchita todo lo que toca con sus manos y lo vuelve mierda. Soy belleza en una sintonía específica con la destrucción. Aniquilamiento inmóvil, en pausa. Como polvo que no termina de deslizarse en los leves trazos de la atmósfera.

Ahora cumplo una condena que me hace idolatrar al sexo, con la misma intensidad con la que brilla el sol, como la devoción del santo, como el suplicio y su martirio juntos en un espasmo de éxtasis y semen regado como trasero de cometa.

Como hombre disfruto de penetrar, de ser penetrado. Como ángel no encuentro paz ni quietud, mi mente siempre es ruido, un monitor invadido por un interminable ruido. Distorsión, perdición en ondas electrostáticas que fluyen como sangre en el universo, agolpada toda ella en mi pene firme y venoso como un ser autónomo, que tiene vida propia o como un cadáver tieso que se resiste al olvido.

El Eterno me ha mirado con ojos de espanto y me ha sumido en la penumbra de la carne. Me he vuelto rojo, con hilos blancos de ligamentos por doquier. Tendones y cartílagos gelatinosos que se adhieren a mi consciencia, que la atrapan y la deleitan con masturbaciones en el clítoris que tengo en el corazón.

Soy Dazeth, el que es hombre, el que es desgraciado por su sed de cuerpos, hambriento de conocimiento, víscera voraz que engulle los sexos de todos y todas. Que los hace suyos en esta danza dolorosa de la vida. Corpus Delicti.

No comments: