Sunday, May 11, 2008

HOMO AMANS -un cuento sobre lacteos-


CAPÍTULO PRIMERO:
APARECIDOS
“Mira a tu alrededor y te darás cuenta
de que estamos rodeados de ellos,
cientos de ellos, que nos miran sin parpadeo,
que nos ensartan con sus ojos pequeños
agujas largas de conciencia y perdición”.


Su rostro ya estaba con esa expresión de hundimiento, de absoluta abstracción. Trataba de mantener la boca abierta, trataba de sostener la respiración, como para sentirse más parte de lo incorpóreo, ser ese fantasma que se crea en la ilusión de un instante imperecedero, que promete infinitud.

Por las comisuras de sus labios resbalaba la savia semitransparente, ese ectoplasma combinado con la blancura de la leche; todo era una mezcla increíble de sabores y sensaciones que se resbalaban por la piel a manera de descargas eléctricas, serpenteando hasta derramarse entre sus senos, corriendo y abriendo camino hasta su rojo sexo.

Aquella escena era digna de las grandes hazañas eróticas, donde el sexo es abolido por la propagación contagiosa de la perversión, del permiso para poseer hasta un nivel más que espiritual, enfermizo, esquizoide.

Dentro de su mente solo podía ver un punto, que se alejaba y se acercaba en pequeñas pulsaciones al ritmo de su frenético corazón: corcel imparable, desbocado hasta sangrar del hocico, pezuñas rotas, ojos de fuego... alaridos regados en el sonido vagabundo.

Ese punto era el más grande de los signos. Era el símbolo de la totalidad, de ese estar “no estando”; silencio en el universo, imágenes del viajero intergaláctico que toma fotografías e impresiones de nuestra grandeza, resumida en un punto que se pierde en la galaxia; minimizado hasta parecer solo una partícula de polvo, migaja de pan en un salón enorme de emperadores y dinastías lejanas.

A pesar de las manipulaciones, de los manoseos, de los dientes clavados en su nuca dejando así, el tatuaje testimonial del rito, de ese oficio divino de pasiones bajas como el fondo marino, que yace helado en el extremo sur de nuestro mundo; ella trataba de mantenerse entera, respirando pausada, como trébol ante el tacto... de nuevo el punto, ese punto que se aleja y se acerca según el ritmo de su corazón que esta a punto de estallar en paz, en tranquilidad absoluta inundada de fluídos orgásmicos, clímax profano de sementales y hembras al rojo vivo.

Horas antes ya había sido aderezada, preparada con los tintes, la medias, los ligueros, con los tacones altos, con el brillo en el rostro para aparecer ante sus amantes, ante sus dueños, como la perfecta esclava, digna acreedora del sacrificio a las deidades carnales, torcidos hijos de Eros que miran con los ojos vendados hacia dentro, vanidosos y perdidos entre sus viseras de mármol.

Ya antes había participado en los aquelarres, en las fiestas diurnas y nocturnas de los sonámbulos que no duermen a causa de sus voraces apetitos. Pero esta vez era distinto, pues en esta ocasión se trataba de alimentar, de nutrir el epicentro mismo de la lujuria con más que su cuerpo: en su interior se encontraba medio galón de leche, esperando la extracción por medio de la entrada y salida de un falo moreno de su culo, entregado por completo a la misión única de atravesar al alma como un hierro inmisericordioso, pero dócil.

Las uñas afiladas y largas, adornadas con motivos góticos; los dedos largos, finos y que se adhieren a las manos a manera de ramas que se bifurcan en formas caprichosas, que proyectan sombras obscenas y siniestras sobre las alcobas incestuosas; esos eran los artificios de sus amantes, inquietos por la sed, por el ansia de sudar dentro de ella, de beber el néctar lácteo de sus entrañas, escupido y expulsado a chorros por entre sus nalgas, blanqueando la cordillera y el centro de su cuerpo.

El punto se había quedado fijado en su mente, era al mismo tiempo una manera de acercarse a la divinidad, al espacio silente donde los gritos y los gemidos de los amos no se escuchan.

Luego, recobró la razón y se mantuvo apoyada en sus rodillas, las medias mojadas, los muslos rotos de cansancio, su trasero erguido hacia lo alto, chorreando crema que se esparce como Vía Láctea del ano sobre el sillón, como miles de millones de estrellas, como polvo, como escarcha, esparcidas en la negrura del vacío, sangre aperlada y recolectada por bocas y lenguas de amos hambrientos de morbo, de poesía oscura y ensimismamientos sagrados.

El punto azul, alejándose en la negra cabellera de la creación, del holocausto solar… semen y leche por doquier, suspiros de esparcimiento en los ritos de los dioses.

Fragmento de un cuento: Homo amans, de Mauricio Zárate

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