
I. Anfibologías
“Por lo tanto, no te diré « adios», palabra que a su insoportable oratoria une una aguda, penosa deslealtad.”
Giorgio Manganelli, Amore
He estado pensando –pensar mucho es peligroso, pues no ves la vida-; y creo que he llegado a la terrible conclusión, a la inapelable decisión de desaparecer de tu vida, lo antes posible.
Hace un par de días conversé con E... de ti y ella me abrió los ojos eclipsados, de aquel que esta enajenado con lo imposible. Necesitaba las palabras ajenas de lealtad desinteresada, provenientes de un ser racional y amistoso que no tuviera nada que ver con mis presiones, ni mis prejuicios.
De cierta manera, terminé con la idea de tenerte, la he arrojado lejos. Quedó aniquilada por completo y ayer de madrugada, creo, te lo hice saber.
-Sé que un mensaje telefónico no es más que datos flotando a velocidades inauditas, que rebotan de un satélite directo a la entraña misma de la soledad humana; compleja y siniestra a veces-.
Las últimas noches han sido las noches más terribles de mi existencia en este abril que casi termina. Me urge ver el desenlace de esta tragedia, que dista mucho de aparecer en la historia de mi mundo, pues esta confinada en los sótanos y las catacumbas más apartadas de mi olvido.
Te escribí, me deshice por ti, te facilité el camino a mi corazón y aún así, lo despreciaste por la simple idea de saberte conocida por los comunes conocidos. Me derrito abatido en un sillón que me comunica con la metafísica de lo fantasmal, una entidad que en su presencia intuída se dibuja como amenaza en las madrugadas que me hierven en espinas.
A pesar de todos mis intentos, no hay respuesta. Un largo y agudo timbre suena en tu teléfono y no lo contestas. ¿Qué habré hecho mal contigo?
Las despedidas no son mi fuerte, y mucho menos, me gusta mostrarme como alguien que en su herida espiritual, lanza al aire reclamos y reproches llenos de veneno.
Hoy no me siento feliz, debo admitirlo. Las noches que pasamos juntos, las interminables tardes, las pláticas interesantísimas del arte, de ese arte que jamás volverá a hablar de ti.
Ahora pasas a la esfera improbable del mausoleo de mis adentros. Te quise, te ame, te idolatré como a ninguna otra. Ahora eres escultura, estatua de sal que me mira fijamente con los ojos vacíos.
II. …
De noche, y en la oscuridad de mi alcoba, se me aparecieron todos los axiomas de tu ausencia.
Paseaba mis dedos por cada milímetro de mi piel, buscando tontamente los tuyos, que se entrelazaran en ese tejido de autofagias, rituales místicos de todo aquello de lo que no poseemos control alguno.
El ritual onanista de mi soledad me obligó a ingerir de mi mismo, toda receta salada de placer solitario. Bebí de mi semen imaginando ahí tu sabor, la cristalina transparencia de tu saliva, resbalando por los muros fríos del abandono mío, como después de una tormenta que se marcha lejos.
Sacudía mi virilidad con la ternura animal del deseo por lo inalcanzable.
De pronto, todo se volvió sombras y delirios nocturnos de destinos fugaces.
Ya no estas conmigo, ya no duermes conmigo, ya no te bañas conmigo, ya no escribes conmigo; simplemente... te has ido.
No comments:
Post a Comment