
Ayer por la tarde estuve contemplando tus ojos de cerca, la fina piel que cubre tu rostro y que se abrocha a tu cabeza con esos labios delgados y rosados, de los que salen palabras moldeadas con tu voz firme y sorprendida.
Mi mirada se enredó en tus finos cabellos, rizados y de cobre, deslizándose sobre cada uno de ellos, resbalando hasta llegar a la caída reposada de sus raíces sobre tus hombros.
Justo hace unas horas eso ocurrió y aún no doy crédito a lo vivido, pues una burbuja de éxtasis no me dejó percatarme del tiempo, de su oblicuidad y de su paso lento o rápido, según las leyes de relatividad, física imposible para cuando se contempla de cerca el poema de una femenina creación: tu sola presencia.
Vivir apartado de ti me colmó de sed. De esa sequedad en la garganta de mi existir, que me apretaba a diario contra los fríos muros de una abandono callado y dócil de su desgracia. Pero por fin llegaste ami lado y me diste de beber por mis ojos y mis oídos casi muertos.
Sabes que eres ese suspiro que cae leve como el rocío y la niebla sobre mi, desparramada y etérea. Sabes que eres para mi la pluma que roza mi espalda desnuda en los confines del espacio, de este fragmento de vacío que vivo y que a cuestas cargo, como un paquete de espinas y de tormentos que se lamen con la lengua, que se mastican suavemente con cada parpadeo que se los devora.
De mi memoria, surgió una imagen que traduje a líneas y tonos de gris. Una mirada perdida y tranquila en la metáfora de una hoja de papel que propone una realidad nueva, una representación que logró ser independiente de la prisión de su plana superficie. Te dibujé con los mismos padecimientos que experimenta el descubrimiento de un milagro, de un mito por fin revelado ante los ojos que expanden su pupila ante lo inaudito.
Con cada trazo que incidía sobre la indecencia del papel en blanco, una parte de mi, pequeña y diminuta como los puntos que conforman el cielo nocturno; se depositaba en forma de presagio, de anhelo y de calma tensa que espera, como la marea nocturna en el mar, en ese vasto mundo acuático de recuerdos torcidos por la distancia de los días.
Logré después de unos minutos, concebir el rostro tuyo en una pieza única de materialización de idilios. Trazos que de repente eran como rasguños sobre las sábanas mojadas, sobre la carne trémula del amante que te posee por sorpresa, el escalofrío que se siente en la caída libre, cuando te caes de la cama pensando que te precipitas hacia la nada.
Soy de madera, soy de aluminio, de plata que refleja en sus deformaciones lumínicas, toda forma concreta de ti, que te procesa en la remota jungla de venas y arterias que se aglomeran gritando en mi corazón.
Eres mi adoración.
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